OPINIÓN E IMAGEN
LA TORMENTA NEGRA
Luis Gómez ( * )
Dicen que están de vuelta de todo. Pero la marea negra del ‘Prestige’ ha sido una bofetada muy dolorosa para los gallegos. Porque se han sentido solos frente al desastre. Y sin medios. Un petrolero de desguace les ha tocado en el corazón de su ecología y su economía. No es la primera vez. Y han dicho: nunca másCuentan que dos marineros gallegos que trabajaban en barcos diferentes se encontraron un día en el puerto de Hong Kong. Uno llamó la atención del otro efusivamente, y el segundo se lo reprochó con un gesto. Le saludó pausadamente: "Buenas tardes", como dando a entender que no es un suceso extraordinario que dos gallegos se encuentren en algún confín del mundo. Los gallegos tienen una lengua y una forma de ser. Que no cambia, aunque caiga sobre Galicia una marea negra de incalculables proporciones.
La mujer gallega expresaba por la radio su indignación sin perder la dulzura de su voz. Le pesaba cada mañana temer acercarse a su querida playa de Malpica, en plena Costa da Morte, manchada de ese chapapote viscoso que había estado escupiendo de norte a oeste y de oeste a sur el petrolero Prestige, hijo de cinco padres, propiedad de una empresa domiciliada en Liberia, bajo bandera de las Bahamas, dirigido por un armador griego y arrendado por una compañía rusa con base en Suiza y Londres. A la mujer se le escapaban todos estos detalles, pero entendía muy bien que alguien se había equivocado al permitir que este buque navegara escupiendo petróleo frente a las costas gallegas desde el 13 al 19 de noviembre, fecha de su hundimiento. Quería terminar su discurso exponiendo un deseo firme y rotundo. Dijo, refiriéndose a los culpables, señalando en sentido figurado a las autoridades: "Por favor, desaparezcan todos del mapa". En Galicia, la gente se indigna con educación.
La forma de expresarse de un gallego entiende de sutilezas que a veces se nos escapan. Como cuando el ministro Mariano Rajoy, gallego para más señas, convocó una rueda de prensa en A Coruña para explicar los últimos detalles del desastre. Refiriéndose al grosor de la película del petróleo vertido en el lugar del hundimiento, Rajoy se expresaba en milésimas de milímetros; cuando hizo mención de las barreras disponibles para defender la costa de la llegada del fuel, no lo hizo en kilómetros, sino en miles de metros. Las autoridades gallegas evitaron en lo posible referirse a las consecuencias del Prestige como marea negra. La versión oficial insistió en el término "manchas negras", no importa que durante los cuatro días posteriores al hundimiento estuvieran afectados 500 kilómetros del litoral gallego y que alguna de esas manchas, como describía el diario La Opinión, tuviera una superficie equivalente a 27 veces el municipio de A Coruña.
La razón debe ser que el gallego siempre parece tener una respuesta adecuada a cada pregunta. O varias respuestas. Ignacio González es un joven trabajador de la cofradía de Muxía, donde el petróleo ha arruinado toda la cosecha de percebes reservada para Navidad. Ignacio es tenido por contestatario. Y por filósofo. Un periodista le reprocha la falta de reacción del pueblo, y contesta orgulloso: "Ya lo decía Castelao: el gallego no protesta, emigra".
A Muxía habían llegado, en autobuses, estudiantes de Santiago para trabajar durante el fin de semana en las labores de limpieza. A ellos se les incorporaron jóvenes franceses desplazados en automóvil. No había medios para facilitar su tarea, apenas se les prepararon unos bocadillos y debieron alojarse de cualquier manera en el suelo del polideportivo municipal. Los vecinos del lugar asistían a este despliegue como espectadores, a excepción de algunos percebeiros. ¿Por qué esa pasividad? "Mire usted", explicaba Ignacio González, "la represión causa costumbre".
La visita de los ministros a algunas playas afectadas se había desarrollado sin incidentes. El pueblo permanecía callado. Observando. Silencioso, pero escéptico. En Caión aterrizó Manuel Fraga, presidente de la Xunta, entre vítores y aplausos. Un paisano comentaba: "Fraga nunca nos ha fallado. No nos va a fallar ahora". Pero otro vecino le replicaba sin alterarse: "Yo ya tengo las maletas preparadas".
Caión. Laxe. Camariñas. Malpica. Barrañán. Eran los primeros municipios en recibir en sus playas el petróleo, y, por tanto, los primeros en sufrir los efectos del caos, la falta de material, la ausencia total de coordinación, la disparidad en las órdenes recibidas desde A Coruña. El alcalde de Laxe pedía por teléfono barreras para cercar la playa, desde la Delegación del Gobierno le contestaban que se las acababan de instalar: "¿Me estáis haciendo pasar por tonto o qué? Vivo enfrente de la playa. Estoy en la ventana de mi casa. ¡Y no hay barreras!".
A Muxía habían llegado detalles de todo lo sucedido. La mañana del domingo 24 de noviembre será recordada largo tiempo en la localidad. Una parte del pueblo, no más de 200 personas, se reunió en la lonja del puerto para debatir sobre lo sucedido. Cada cual se quejaba por el incierto futuro. Especulaban sobre el carácter y la cuantía de las ayudas que llegarían. Así iban las cosas hasta que una periodista alemana se levantó y tomó la palabra. "En Alemania tenemos una costa muy pequeña, pero contamos con medios para combatir esos problemas. Y eso es porque allí la gente de los pueblos ha protestado durante años hasta conseguirlo. No entiendo cómo vosotros no estáis ahora mismo cortando carreteras y tirando piedras en las oficinas del Gobierno". La periodista fue generosamente aplaudida. Horas después, los vecinos hablaban entre sí de lo sucedido, como aludiendo a un suceso ajeno. "Qué bien ha hablado esa alemana".
Los vecinos sabían a esas horas que la Xunta había decidido canalizar todas las ayudas a través de la empresa Tracsa. No se admitirían voluntarios. Tracsa contratará y pagará directamente a quienes trabajen en las labores de limpieza. Y los primeros en las listas de contratados serán los más afectados, de tal manera que así podrán tener asegurado un sueldo con carácter inmediato, a razón de 40 euros diarios. "Y eso significa que todo aquel que proteste puede no ser contratado", explica Félix Porto, concejal socialista de Muxía. "Este comportamiento es debido al carácter prepolítico de nuestra sociedad, donde el Estado no es contemplado como redistribuidor, sino como un benefactor", explica el antropólogo Marcial Gondar. O sea, la represión causa costumbre, que diría el paisano de Muxía.
La costumbre en el litoral gallego, desde Tuy hasta Ribadeo, es el naufragio. Prestige no deja de ser un apellido que añadir a Mar Egeo (1992), Casón (1987), Urkiola (1976) y Erkovitz (1970), petroleros que han ido dejando su negra firma sobre las costas de Galicia. "Mi infancia se ha desarrollado entre algunos acontecimientos excepcionales que tienen que ver con estas agresiones", recuerda el joven escritor Xurxo Souto. "Con el Casón he vivido la lluvia negra, y con el Mar Egeo vi arder el mar". Algunos autores, como es el caso de José Baña Hein, han llegado a detallar más de 500 naufragios en alguno de los siete mares de Galicia a lo largo de la historia. Solamente entre 1870 y 1972 se contabilizaron 148 barcos hundidos con 533 muertos, algunos de los cuales navegan todavía en la memoria colectiva de los gallegos, como el caso de aquel 8 de noviembre de 1890, cuando el buque escuela inglés The Serpent, repleto de jóvenes aspirantes a oficial, se hundió dejando un rastro de 172 muertos. O el Santa Isabel, en 1921, un barco de pasajeros hundido cerca de los acantilados de Sálvora: 231 muertos. Obra del mar tenebroso, como le llamaban los romanos. El mismo mar que se ha tragado el Prestige.
"Puede que no haya un país con más tradición marinera que Galicia", dice Felipe Senén, arqueólogo, para quien no hay duda de que la cultura, los mitos, las leyendas, buena parte de la riqueza económica y cultural de Galicia, han entrado por el mar, por donde vinieron los celtas, los normandos, los vikingos. Senén es capaz de hacer una relación de navegantes, descubridores, aventureros gallegos surcando cualquier punto de los mares, desde Francisco de Mourelle, "el mejor conocedor del Pacífico, cuyos mapas sirvieron de gran utilidad a Cook", hasta Isabel Barreto, posiblemente la primera mujer almirante allá por el siglo XV, "aunque esta cuestión no está todavía bien documentada".
"Galicia está situada a 43 grados latitud norte; es decir, en mitad del Atlántico. Siempre fue zona de paso. El enlace durante siglos entre el Atlántico y el Mediterráneo. Su riqueza viene del mar. Ya en la época de los romanos se hablaba de las ostras de Galicia", explica José Manuel Vázquez Varela, catedrático de Prehistoria y Etnología en Santiago. "Lo trágico de lo sucedido en el caso del Prestige es que afecta a la propia costa, donde se han establecido empresas estables de pesca, marisqueo y acuicultura. Incluso estaban sirviendo de cierto alivio, en algunas zonas, determinadas iniciativas de turismo rural. Fuera del mar no hay muchos recursos, y el gallego estaba haciendo una racionalización muy inteligente de la gestión de los mismos. Ése era el caso del percebe: hace 50 años a nadie le interesaba el percebe, se utilizaba como abono en el campo, y ahora se estaba produciendo una explotación muy ordenada".
Del 10% al 15% del PIB de Galicia está relacionado con el mar, cantidad que llega al 30% en la ría de Arosa, donde se ha establecido un conglomerado de explotaciones punteras en el mundo. "El mar es la única actividad completa que se desarrolla en Galicia, donde llegan a concentrarse todas las actividades, desde la construcción de buques hasta la distribución de productos", concluye Fernando González Laxe, ex presidente de la Xunta y catedrático de Economía Aplicada en A Coruña. Galicia es algo más que 64 puertos y una flota de 8.000 unidades de diferente tamaño. Galicia es la primera región europea productora de mejillón y rodaballo. La primera región también en cuanto a empleo relacionado con el mar. La importancia estratégica de algunas investigaciones es indiscutible. Las jaulas de cultivo han llegado, con patente gallega, para el besugo y el pulpo. Precisamente en Muxía se estaba construyendo una factoría, con capital noruego, para cultivar nada menos que el lenguado. Y gallega es la experimentación de cultivo de la merluza en Chile. El gallego se las ha ingeniado para saber vivir del mar, y ha buscado el pescado en cualquier lugar del mundo o ha investigado nuevos procedimientos. "Estamos siendo creadores en nuevos cultivos. Hay un potencial humano extraordinario en nuestras tres universidades. Hay científicos gallegos de primera línea en investigación sobre el mar", remacha Vázquez Varela.
El mar ha dado a Galicia los primeros grandes capitanes de empresa, capaces de revolucionar el mercado mundial, como el legendario Valentín Paz Andrade, fundador de Pescanova. Cuentan que dijo un día: "Si en Chicago congelan la carne, ¿por qué no vamos nosotros a congelar el pescado?". Cuando los primeros congeladores, el Lemos y el Andrade, llevaron su producto a la lonja de A Coruña, algunas mujeres dijeron: "Esos no son peces, son piedras".
"El 75% de la población gallega se concentra en el litoral. Y es en todo el litoral donde crece la población, a excepción de Santiago", explica González Laxe. "Evidentemente, eso significa cierto desmoronamiento de la sociedad rural. La agricultura ya no es el sector número uno de Galicia. Se crea un dualismo interno: en la Galicia interior hay más población inactiva que activa, hay una mayoría de población subvencionada. La riqueza está en el litoral". En 1990 se acabó la emigración para Galicia. El 20% de los emigrantes que retornan a España son gallegos.
Del mar, Galicia extrae también buena parte de su cultura. Y en ese punto, la riqueza es incalculable. Galicia tiene un pasado telúrico, legendario, pero también conserva personajes de leyenda desperdigados por tascas en cualquier punto de sus costas. Leyenda viva que algunos autores recopilan escuchando testimonios de viejos marinos. La revista Bravú –"revista que sae cuando ao situacion o requiere"– publicaba algunos de estos relatos. Como el de Tomás Cardalda, de Vilanova, que decía a sus 73 años: "He andado 32 años en un mercante noruego y tengo dadas muchas vueltas al mundo entero (…). Ni memoria tengo de las veces que pasé el canal de Panamá y otras tantas el canal de Suez (…). Conocí cosas que ya no se verán más y otras que no sé si existirán ya. El Vietnam de antes de la guerra. El Japón de cuando a los occidentales les estaba prohibido acercarse a los nativos. Pakistán de cuando era parte de la India (…). Se me murió un capitán al caer al mar cuando trataba de subir al barco, y lo llevamos de Suráfrica a Noruega metido en el frigorífico".
El escritor Xurso Souto ha dedicado buena parte de su tiempo a enriquecerse con las anécdotas de estos hombres. Habla con entusiasmo: "Galicia es una piedra clavada en el Atlántico. Frente a nuestras costas vive la corriente del golfo, que nos da vida y nos comunica con los pueblos del norte. Emilio González López, un alto cargo en la República, siempre decía que la historia de Galicia se contó mal porque se hizo en función de su relación con la Península y nunca con los caminos del mar. El mar establece un orden. Es dueño de todo. Nos recuerda que hay magnitudes que nos superan. Y eso el gallego lo sabe. Las que no quieren el mar son las instituciones, que lo ven como un problema".
Ese orden del mar ha influido sobre la sociedad gallega, convirtiéndola en un matriarcado. La mujer es la que administra la casa, porque el marido está ausente. Por eso también es costumbre referirse a los inmuebles de otra manera: se dice la casa de Manuela o la casa de Fermina. Y a las mujeres de los marinos se las conoce como viudas de vivos. Trabajan el campo. Se organizan en el marisqueo. O, como el caso del colectivo Mujeres Concienciadas, viajan a Madrid para negociar ante Telefónica una rebaja en las tarifas para poder hablar con sus maridos en alta mar.
Los paisanos del litoral dicen que no piensan aceptar limosnas. Se ha resucitado el colectivo Nunca Más, organizado a partir del desastre del Mar Egeo. Galicia está orgullosa de su potencial pesquero e industrial. Por esa razón, muchos piensan en Galicia que las consecuencias no serán las mismas que las sufridas, hace justo dos años, con el mal de las vacas locas. Porque no es lo mismo la fuerza del litoral que la del interior. "Galicia podría darle lecciones al mundo en prevención, en coordinación en labores de salvamento marítimo, incluso rentabilizar tanta experiencia", dice Felipe Senén. "Y nos hemos dado cuenta de que están llegando barcos extranjeros para extraer el petróleo, que no tenemos remolcadores suficientes, que carecemos de un submarino para observar el daño en el fondo marino". La Galicia petroleada por el Prestige puede parecer resignada, pero no ha perdido el orgullo.
El orgullo le viene del mar. Ese orgullo vive entre los gallegos, en las tascas de los bares, donde se celebran ahora más que nunca los relatos de los viejos marineros. Como el caso de un telegrafista que viajaba en un mercante en los años setenta. Contaba el hombre que llevaban electrodomésticos y televisores a Kuwait. Al pasar Suráfrica sufrieron un fuerte temporal; cuando la mar quedó en calma se quedó dormido escuchando música de los Rolling Stones. Le despertó un culatazo. Eran guerrilleros que habían abordado el barco frente a las costas de Madagascar. Al despertarse así, el telegrafista preguntó qué pasaba. Al hacerlo en gallego, los guerrilleros le entendieron porque ellos hablaban en portugués. El resto de la tripulación sólo hablaba inglés. "Con usted no tenemos nada", le dijeron, "pero todos los demás están muertos". Cuenta el telegrafista que se las ingenió para enseñarles una pequeña bandera de Galicia con una estrella roja, que guardaba en su bolsillo. Y se le ocurrió una solución para salvar a sus compañeros. Les dijo –en gallego, naturalmente– que el cargamento del barco era para los camaradas de la República Socialista de Yemen. Dicho esto, decidieron dejarles en paz. Moraleja: ¿acaso no es ésta una prueba evidente de que el gallego es una lengua universal?
( * ) Publicado en El País Semanal E8.12.02