OPINIÓN E IMAGEN

GALICIA, A LA INTEMPERIE


Una de las regiones de Europa más ligadas al mar –en su historia y su cultura, en sus leyendas y su economía– sufre la marea negra del ‘Prestige’ con una mezcla de rabia, orgullo y resignación. Galicia se ha sentido herida y abandonada. Muchos se quejan de que desde el Estado sólo ha llegado humo negro.


Por Suso de Toro.

Esa ave es un arao y hace su nido en los precipicios sobre el mar y en los peñascos arriscados. Apareció una mañana atrapada en su camisa de fuerza negra. Era un augurio dramático; envuelta en una mancha oscura presagiaba alguna cosa sombría. Un duro momento de revelación, cuando se está a punto de perecer y entonces se descubre que uno está solo. Con toda su grandeza trágica, solo. Galicia está viviendo ese momento, se ha visto sola, a la dura intemperie de la vida.

Naturalmente que cuando uno está solo hay corazones que como pueden te envían tibieza: hasta aquí han llegado de lugares lejanos personas que quisieron ser cercanas, ceremoniosamente engalanadas con sus ropas de aguas, sus guantes de goma y sus palas y cubos. De una furgoneta vieja bajan varios jóvenes. Son de Quebec y de Francia. Estaban en Granada cuando se han enterado de esta desgracia, todo ese chapapote en la playa que ahora va con nosotros en las botas. Buscan aves para limpiar y cuidar; no saben siquiera si en esta playa hay aves alquitranadas, no saben muy bien dónde están, pero han venido. Como ellos, ha llegado gente de las ciudades gallegas y de diversos lugares de Francia, Portugal, Madrid, Cataluña…, la gente de más candor y más ligero equipaje.

Con sus trajes blancos ensuciados y sus mascarillas como antifaces parecen pierrots candorosos en un paisaje bravo. Algunos ni siquiera tienen herramientas, solamente su inocencia; pero esa gente es la más temible, la que más molesta a unas autoridades desconcertantes que se sienten acusadas por esta gente con herramientas de juguete.

Con todo, Galicia estos días se ha sentido a la intemperie del mundo. En la escuela nos enseñaron aquel lindo mapa cortado en colorines y ordenado con puntitos en el medio, una melopea de capitales; le llamaban el mapa político. Pero estos días, aquí todos nos hemos sentido desnudos en aquel otro mapa confuso, el mapa físico, donde se erguían montañas abruptas y acechaban océanos graves. Estos días, toda Galicia es una emoción marinera: la gente se siente de las rías y de los cabos que avanzan, se ha sentido Costa da Morte. Esta Costa da Morte ofendida.

Hay una belleza específica en la costa oeste más salvaje, seguramente sea la presencia de esa muerte que es su apellido. Una belleza fulgurante, tan transparente como heridora. Belleza mortal, porque aquí no hay zonas intermedias, limbos, tonos suaves; aquí sólo hay la vida y la muerte, generándose mutuamente como dos serpientes anudadas que se devoran. Aquí se vive contra la vida y contra la muerte. Éste es el escenario alto de una tragedia de gentes contra un destino. En los días de sol, el cielo es tan claro que, lástima, uno puede creer que esto es un paraíso. Pero el paraíso está perdido, nos lo han puesto perdido de manchas negras como pecados.

Pasarán las manchas dentro de unos meses, las playas volverán a estar listas para la toalla y el baño, la pesca se irá recuperando poco a poco con los años, todo irá pasando. Pasaremos todos, y estos precipicios sobre el mar seguirán aquí, no habrá gente ya un día y serán un balcón vacío, aquí como el mar, repitiéndose. Pero hoy nos cuesta creer que la misma tierra y el mar sean perpetuos, que no estén heridos en su costado. Nos cuesta con la tristeza que nos mete el hedor a petróleo que llega desde el mar violento y, sin embargo, ahora lastimado.

Pero la vida no es triste, somos nosotros que tenemos cuerpos y sentimientos; la vida simplemente es viva, y enérgica como para levantar continentes y bajarlos. Hay teorías que explican el origen de las rías por un alzamiento tectónico, otras por un hundimiento, para unos subieron y para otros bajaron; pero lo que es seguro es que las rías altas se levantan contra el mar, desafiantes. La costa alta y agreste no es un lugar geográfico, es un lugar para conocer el hermoso y terrible rostro del mundo y un modo de vivir muriendo. Esta tierra última es una frontera entre el mundo y la nada. O un lugar de encuentro con el todo.

Pero ahora nos han cambiado la geografía: las rocas ocres y rosadas son ahora negras, el granito se ha hecho carbón. Y la gente de la costa está amargada por este cambio. Saben que ellos no son dueños de la costa, aquí el mar no se dejaría sujetar nunca; saben que son ellos los que les pertenecen al mar. El océano permite que los pescadores y mariscadores hurguen en su superficie, como pulgas de un animal gigante. Pulgas toleradas que acaban formando parte de uno. Esta gente es parte del Atlántico.

Nos han cambiado la geografía y también el mapa marítimo, hay ahí delante en el mapa marítimo unas rayas amenazando como isobaras feroces. Estas costas vieron llegar amenazantes a romanos, vikingos, árabes, ingleses…, ahora vemos en las fotos aéreas que se acerca una nueva escuadra oscura y densa.

Hubo un tiempo en que llegaban por el Atlántico santos peregrinos en barca de piedra. La misma Virgen dicen que llegó a esta punta de Muxía a visitar a Santiago, que había llegado antes por el mismo camino portentoso. Un jubilado del lugar señala a los visitantes las piedras milagrosas esparcidas por la costa; son el timón, el casco, la vela…, de la barca santa. Hoy hay una multitud de gente llegada de todas partes, pero no vienen a la romería de la Virgen, sino a ver el mar donde se ha operado nuevamente un milagro: en algunos lugares es gris y en otros es negro. Negro y duro en las piedras de azabache brillante. Esa mancha viva que ataca y avanza ha respetado las piedras santas curadoras de males, milagro en el milagro. Pero hoy podría volver a navegar una barca de piedra sobre este mar enfermo y pastoso.

Hace años, en el arenal de Baldaio, hubo cargas violentas de la Guarda Civil contra los vecinos que reclamaban el arenal público para poder mariscar; hubo heridos y amargura, pero se consiguió que este lugar sea hoy un huerto fértil de almeja. Ahora pasa un coche de la Guardia Civil. Viene de levantar acta de que aquí ha ocurrido una desgracia: el fuel ha entrado al arenal, el parque de marisco. Este desastre no sólo ha dañado la naturaleza libre, también ha dañado los cultivos humanos. Las rías todas son hoy un territorio trabajado, una mar conquistada duramente. En unos años se pasó de una recolección desordenada que estaba acabando con las especies a un cultivo reglado, laborioso y sistemático que da trabajo a mucha gente, sobre todo mujeres, y es un factor estabilizador en la inestable economía de la costa. Las manchas voraces quieren devorar todo ese trabajo, esa riqueza y esa esperanza de tener una vida en la propia tierra.

La Galicia occidental y costera es la más viva en casi todo; no es casualidad que dos series muy populares de la televisión autonómica se llamen Rías Baixas, ambientada en algún lugar de la ría de Arosa, y Mareas vivas, ambientada en las Rías Altas. Uno de sus personajes más populares es Petróleo, un antiguo marino que con lo que ahorró abrió un bar; Petróleo resume muy bien la situación de la gente de esta costa. Mientras las Rías Bajas hierven de vida económica y de población, son un oasis de vitalidad, las Altas se asemejan a muchas otras zonas de Galicia y se han ido despoblando. Igual que un petrolero viejo, Galicia sigue teniendo pérdidas, mandando emigrantes, cada año pierde población. La asfixiante propaganda oficial podrá enturbiar esta visión, pero este viejo país se sigue desangrando. Cuarenta personas jóvenes se marchan cada día. Es el número de las heridas recibidas por la víctima.

Eso es muy acusado en la costa oeste de las Rías Altas, la marginación de las comunicaciones es un obstáculo serio al desarrollo. A ello se suma la crisis de la Marina mercante, que ha ido sustituyendo a los marineros enrolados de aquí por personas de otros lugares con sueldos más baratos, a veces campesinos chinos o vecinos de un barrio filipino. Gente ajena a las profesiones del mar, inexperta, en barcos que son bombas flotantes. Hombres asustados como la tripulación filipina del petrolero Prestige, que no entiende lo que ha pasado, que no sabe adónde se dirigía y que no sabe dónde se encuentra.

Y a todo ello se suma la crisis dolorosísima en que languidece todo el sector pesquero, que en el caso gallego es importantísimo para poblaciones que sólo tienen ese recurso. Precisamente es lo que se está discutiendo en Bruselas esta temporada: cuánto y cuándo desguazar los barcos. La gente joven simplemente se marcha de estos pueblos de poca esperanza, donde sólo brilla el sol en el verano turístico; después de todo esto que está llegando, los que aún aguantaban se marcharán. Los jóvenes se llevan en la maleta su capacidad de trabajar, de crear, y su rabia. Quedará una población más envejecida y sobre todo subsidiada: los pensionistas y ahora los marineros que se sientan ya mayores para emigrar o que tengan ya los hijos criados y se conformen con recibir una paga.

De desguazar aquí sabemos, ya se está desguazando el campo; la crisis de las vacas locas y el modo en que fue gestionada por las autoridades sirvieron para acelerar el recorte del campo.

Hoy la flota está amarrada, pero se trata del desguace de la costa, o quizá del país. Tal parece que se trate de un descuartizamiento, miembro a miembro. Desmontan el viejo barco de piedra, piedra arcaica, agnostozoica, cubierta de musgo y alga. En estas tierras altas y agrestes imaginó el poeta Pondal a los brumosos fundadores de la tribu legendaria, a Breogán y su hijo Ith, que colonizó Irlanda. Pero a uno le cuesta hoy imaginar eso viendo las manchas que lamen las piedras sobre las que está subido el castro de Baroña, una fortaleza sobre el mar levantada por los viejos héroes del bronce, o en la playa negra del Pindo, a los pies del Olimpo celta. Han muerto los viejos dioses y héroes de sangre roja, y campan piratas y monstruos de sangre negra. Si en el siglo XIX el poeta imaginaba un tiempo remoto, hoy esto es uno de los lugares más transitados del planeta: cientos de barcos pasan cada día, muchos llevando cargas peligrosas. Y no hay un control cierto sobre ellos, el radar no llega a cubrir siquiera toda la costa y no hay un satélite que vigile desde el cielo las trayectorias de los barcos para sancionar a todos los que suelen limpiar sus depósitos precisamente en este lugar. El chapapote en las playas, que ahora es una maldición cumplida, es una amenaza amagada todo el año.

Petróleo, ese marino de la televisión varado en tierra, exiliado del horizonte magnífico del océano tras la barra de un bar, condenado a recordar el esplendor de la vida ancha, es el resumen de gran parte de la costa gallega hoy. Y ahora nos pintan la casa y el mar de negro, parece la hora del naufragio. Naufraga la costa y toda Galicia se siente a la deriva. Y nadie parece mandar el barco, tampoco aparece el armador. La sociedad gallega, tan insegura, se ha sentido más huérfana que nunca; apenas un puñado de parlamentarios de la oposición estuvieron aquí en el momento en que había que estar. Los representantes de los Gobiernos estaban lejos, muy lejos: cazaban o descansaban de sus cargos. O cediendo a un instinto astuto, huían lejos del lugar de este delito oscuro. Un crimen originado por la codicia culpable y consentida de la industria del petróleo y ejecutado con la ayuda inestimable de la ineptitud de los gobernantes.

De esos días quedará una incertidumbre nueva o mayor, la sospecha de que uno está solo y de que detrás no hay nadie, no hay Estado, Administración. De que, como siempre, habrá que arreglárselas solos. Sobrevivir como se pueda. Porque, cuando hubo tempestad, nada cubría; la Administración no existió, era parte del mundo de espectros, fantasmas inútiles. Cuando se buscaba información, lo que llegaba era también humo negro, había que beber en aguas portuguesas. La desinformación y la pegajosa propaganda en la radio y la televisión públicas también contamina; persistirá la desconfianza en esos gobernantes distantes y fantasmales, en los espectros con sus vaticinios engañosos.

Un psiquiatra dice que vendrá la de- presión y el estrés postraumático; es un diagnóstico probable, pero innecesario. Aquí se vive desde hace siglos en esa melancolía postraumática; le llamamos saudade, soidades, morriña. También resignación. Contra esa derrota sólo ha habido la cura de la emigración, a veces exilio. En esta hora, en la costa hay el cansancio de los vencidos, esas mujeres a la puerta de la iglesia de Muxía comentan que esto será como lo de las vacas locas, los ganaderos siguen hoy pagando las consecuencias. Otra se asusta de saber que en la lonja de A Coruña vendiesen ya percebes de Marruecos; ella nunca pensó que hubiese percebes en Marruecos, nunca tal había oído. Los inocentes vivimos en el centro del mundo, dentro de nuestro mundo; pero el mundo es, efectivamente, ancho y ajeno, y hoy es un mundo único. Un único planeta a lo largo del cual corren vientos fríos y soplan tempestades, y aquí a esta tierra la tienen desnuda en esa intemperie planetaria.

La flota está amarrada y la gente está enfadada. Junto al abandono de la resignación, en las caras de los marineros está apareciendo también un gesto nuevo; parece indignación, tal vez sea rencor en algunos. Como si se hubiesen traspasado los límites de lo que es digno. Y las personas que acuden en peregrinación a la costa para contemplar el milagro de las piedras negras se emocionan y conmueven. Son piedras conmovedoras. Un anciano que arrastra una carretilla con hierba avisa en el camino hacia la playa de Mar de Fóra, en Fisterra: "No vayas a la playa, apesta a petróleo". Pero hay que ir allí a verlo y saberlo, aunque la peste nos manche el calzado y nos ahogue el pecho. Aunque esta libreta de notas se salpique de alquitrán, y las páginas se mojen y encojan por la lluvia y el agua sucia del mar.

Tras los patrones y los marineros, Galicia entera, conmovida, parece moverse. Algo amargo, pero necesario, da vueltas en los pechos de este pueblo caótico y sentimental que habita la orilla de este océano.

(*) Publicado en El País Semanal.8.12.02

 


 

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